Tamagotchi.
Love me… or I’ll fade.
No sé cuántos días lleva lloviendo en Madrid. Literal que he perdido la cuenta. El otro día alguien dijo que en Galicia llevaban 40 días seguidos de lluvia. Non stop. Pues aquí debemos llevar casi lo mismo. Estoy a un paso de que me cambie el carácter, de mudarme de ciudad o incluso de país. Lo pienso seriamente. Al menos los gallegos tienen el mar. Pero bueno, a mí tampoco me frena la lluvia: he conseguido hacer planes durante enero.
Ha sido ese mes camaleón en el que he pasado de planes con más de 5.000 personas a planes mínimos, casi en susurro, de dos personas y una conversación compartida sin prisas. De lo multitudinario a lo íntimo. Te contaría mil cosas, pero no es el momento ni el lugar.
Sin embargo, el sábado pasado me veo en un colegio de Vallecas, en una sesión sobre Gaudí que captó mi atención todo lo que mi atención se deja captar. Hasta que me distrae la niña que tengo delante jugando con una maquinita morada del tamaño de su mano. Y de pronto me doy cuenta de que eso no es una maquinita cualquiera, es un tamagotchi. Yo pensaba que se habían extinguido, pero no. Resulta que en 2026 están de 30 aniversario y Bandai ha vuelto a sacarlos al mercado. Y esta niña tenía la suerte (o la desgracia) de tener uno… tamaño XL.
Te refresco la memoria por si no te acuerdas mucho de la historia. El Tamagotchi nació en Japón en 1996, fruto de una idea tan simple como peligrosa: un ser vivo digital a tu cargo. Bandai lo lanzó sin saber que estaba a punto de provocar un fenómeno global… y un pequeño trauma generacional.
Era un huevo de plástico con una pantallita en blanco y negro. Dentro vivía una criatura pixelada que dependía de ti. Y eso era fuerte.
No se pausaba. No esperaba a que tuvieras tiempo. La vida seguía aunque tú estuvieras en clase de mates. Y eso era lo nuevo.
El éxito fue brutal. Colas interminables. Mercado negro en los patios del colegio.
Profesores confiscándolos como si fueran sustancias ilegales. En algunos países llegaron a prohibirlos en clase. No porque distrajeran, sino porque nos implicaban emocionalmente.
Yo nunca tuve uno propio. No me lo creo, Pilu. Sé que estás pensando eso. Pero la realidad es que el primero que vi en una tienda fue de color tan rosa y tan fucsia que automáticamente lo descatalogué de mi lista de deseos. Problema resuelto. O eso creía yo, hasta que una amiga mía trajo el suyo a clase. Y era verde agua: como el mar. Y entonces, ahora sí, lo quise. Ese curso yo estaba en 6º de Primaria y mi inocencia aún estaba por despertar. Al menos en algunas cosas. E inocentemente le pedí a mi amiga que me dejara llevarme su tamagotchi por la tarde a mi casa. Yo se lo devolvería al día siguiente, intacto: era sólo curiosidad. Ella aceptó y nos fuimos a casa (el tamagotchi y yo).
Hasta donde llegaba mi conocimiento de 12 años, los juguetes no se apagaban. Toy Story había salido justo un año antes, pero que mis muñecos tuvieran vida propia solo estaba en mi imaginario.
Esa tarde recuerdo que fue intensa: el huevito de color del mar lloraba mientras yo hacía deberes, pitaba en mitad de la merienda. Hice lo que pude, la verdad. También tenía un perro que sacar, unos hermanos con los que discutir y una madre que me preguntó extrañada de dónde había sacado ese artefacto.
A la hora de la cena la mascota de mi amiga dejó de quejarse. Cosa que me alivió. Bastante. Tenía lógica, si tenía una vida como yo, tendría una hora de acostarse… como yo. Así que decidí seguir con mi rutina pre-adolescente.
Y entonces llegó la parte dura al día siguiente en clase. Saqué de mi mochila el tamagotchi silencioso. En la pantalla había una calaverita 💀. Fin. Nada de “retry”.
Nada de “segunda oportunidad”. Fue, para mí, el primer contacto con una pérdida causada por omisión. No hice nada malo. Simplemente… no estuve. Para mi amiga fue el primer contacto con una amiga inútil.
Por primera vez, algo “de mentira” te enseñaba una verdad incómoda: el cuidado no entiende de horarios.
Había algo muy serio ocurriendo bajo esa estética cuqui. El tamagotchi no premiaba la intensidad, sino la constancia. No ganabas por jugar mucho un día, ganabas por volver cada día un poco. O sea, no iba de tecnología. Iba de vínculo.
Quizá por eso el tamagotchi no ha muerto nunca del todo (excepto el de mi amiga). Porque no era un juego sobre ganar, sino un ensayo silencioso sobre cuidar: la vida —y las relaciones— no se mantienen solas.
La amistad funciona exactamente igual, nadie te pide atención 24/7, pero todos necesitamos algo de cuidado. La amistad no muere por abandono brusco. Muere por aplazamientos educados.
Hay algo profundamente contracultural en esto, porque vivimos rodeados de relaciones en standby, amistades congeladas en la buena intención, afectos que damos por seguros porque una vez lo fueron.
Y quizá por eso el tamagotchi va de actualizar el cariño, de aprender a cuidar sin dramatismo, de sostener vínculos sin poseerlos, de entender que querer a alguien no es pensar mucho en él… sino volver. La amistad quiere que te quedes.
Nadie me había explicado todavía qué era cuidar. Ni qué significaba que algo necesitara de ti sin darte nada a cambio. Y de pronto ese bicho emitía un ruidito y tú sentías una mezcla rarísima de poder y responsabilidad. Y una primera lección no verbal de la vida: lo que no se cuida, se pierde.
Tengo una amiga que fijo va a leer esto y me escribirá para recordármelo. En plan: menos NL y más cumplir nuestro propósito de paseos por el barrio. Sí, es que vivo en un barrio donde viven amigos e incluso hermanos. Y parece fácil, pero no lo es tanto: todo está cerca, pero no siempre al alcance. Para mí un plan muy típico con amigos de barrio es ir a comprar pasta de dientes o cualquier producto de higiene juntos. Me super encanta. Es que a veces no se trata de hacer grandes cosas, sino de un plan mínimo, pero acompañada… y volver a casa con la sensación de haber quedado de verdad, aunque la vida ahora funcione así, por fragmentos.
Si esa niña de Vallecas con su nuevo Tamagotchi (versión 2026) llega a saber la trascendencia de mi pensamiento al verla, flipa. Tampoco yo sabía que me iba a dar pa’ tanto. Y mira, nunca sabes dónde te va a pillar la inspiración.
Pero es que me pasa un poco con todo. De pronto un día, leyendo otra NL de esta casa (o sea Substack), la autora me habla del último libro que ha leído: Orbital. Un himno maravilloso a lo ordinario y espectacular narrado a 400 km de la Tierra. Yo, que nunca en mi vida he querido ser astronauta. Ni ver pelis de odiseas en el espacio. Ni me aclaro con quién es el padre de quién en la saga de Star Wars. Yo, que tampoco es que me considere hipocondríaca, pero ya estoy preocupada pensando que cómo se puede ceder tanto el control de entrar a través de la atmósfera en una cápsula incendiada que tiene que tener una inclinación exacta para no prenderse como una cerilla y caer en mitad del mar sujeto por un simple paracaídas. Me parece que hay una libertad muy radical en tomarse así la vida.
Pues que sepas que más de 700 personas han viajado al espacio. Lo que es muy poco. Y mucho a la vez. Ahora mismo hay gente allí, colgando en este momento de su cama, igual leyendo un libro, y al otro lado de la chapa: la tierra, galaxias, estrellas, agujeros negros… Viviendo en una compleja máquina de soporte vital donde existe la posibilidad de que todo, en un instante, puede terminar, consecuencia de una avería en cualquier engranaje de la máquina. Un incendio, una fuga, la radiación, el impacto de un meteorito. Muy tocho, ¿no? Pero luego pensé que, a fin de cuentas, cualquier ser vivo reside en una máquina de soporte vital llamada cuerpo y esa máquina terminará fallando tarde o temprano.
Son 4 los libros que he empezado en enero. Algunos de ellos así, por recomendaciones “tontas” de personas de las que me fío. Yo me tomo en serio las recomendaciones que escucho o leo porque me fío de sus criterios. He sido así desde pequeña porque me gusta fijarme en lo que bebe no sé quién, en cómo se comporta, en detalles y tonterías. Pero puedo entender que no todo el mundo sea así. Son distintas formas de aproximarse y todas me parecen buenas.
Con las recomendaciones de libros me pasa que al ver que hablan de un libro con cierta emoción, es como si me lo estuvieran prestando. Y es que yo soy muy de prestar libros. A veces los presto sabiendo que no van a volver. Y sé perfectamente cuáles son los libros que me ha dejado alguien y que no he devuelto —los tengo como grabados—. En el fondo es como un lazo, un puente con otra persona. Siento que mientras yo tenga un libro de esa persona en mi casa, aunque no hayamos vuelto a hablar en dos años, sé que eso lo mantenemos; que tenemos un contrato, que algún día se lo devolveré y retomaremos la relación, o el contacto… «Sigues vivo en mí y yo en ti, porque sabes que yo tengo este libro y tú tienes el mío».
Tengo una memoria selectiva-afectiva prodigiosa, no sólo con esto de los libros. Me acuerdo de todo. De la música que llevaba en el coche en un plan concreto, de dónde estuve, qué hice, qué ropa llevaba, de qué hablé con esa persona… Incluso aunque hayan pasado diez años ya, una década. Aunque a veces me niego a aceptar eso. Me niego a aceptar, por ejemplo, que una canción haya cumplido diez años, que salga una serie que me gusta… y yo piense que salió ayer y resulta que han pasado cuatro años. Me estalla la cabeza. O cuando pienso que Matthew Perry falleció hace ya 3 años… ¿en serio? Eso se me olvida por completo, y vuelve a ser un duelo aceptarlo.
A veces pienso que la mediocridad es la ausencia de curiosidad. Y punto.
Bonus track:
(Esta sección de la NL no siempre aparece con el título, pero oye, cada vez que no lo pongo así, me escribe alguna amiga en plan: “¿y las recomendaciones de este mes?” Y yo le digo que no por no llevar un título no es que no existan (4 “noes” en una frase… ups!), que las saque entre líneas. Pero nada, dicen que no es lo mismo).
Un podcast. “Por qué somos y por qué brindamos” acaba de debutar, pero me ha gustado ya sólo por el título (sí, soy muy básica, o muy de marketing, como quieras verlo). Dos (tres?) amigas se hacen preguntas y se atreven a pensarlas. Supongo que la solución está en hacerse las preguntas correctas. ¿Qué busco yo? Que no tiene que ser lo que buscan otros. ¿Qué es realmente importante para mí? A partir de nuestros irrenunciables (que no deberían ser más de tres), el resto es exigencia de más y felicidad de menos.
Un post en una imagen. El abrazo. Me lo compartió una amiga experta en el tema. De un tiempo a esta parte he pensado que un gesto aparentemente simple es la manera más enfática de expresar la proximidad emocional con el de enfrente. Es una manera de transmitir al otro que no está solo. El abrazo es como una columna de carne ante la intemperie. Abrazar a alguien es un acto de confianza, pero también de indigencia, porque de alguna manera abres los brazos y muestras el corazón… y así nos volvemos vulnerables.
Un reel. Parodiando la lluvia que no cesa. Al mal tiempo, mucha risa.



