Copy that.
Message was not just heard, but understood.
Hoy no te escribo por la noche, sino desde un Starbucks. Giro inesperado de los acontecimientos: tengo algo de tiempo, jarrea en Madrid y quería un sitio inspirador tipo Friends 🙄.
La última NL coincidió con el día en que la misión Artemis II regresaba a la Tierra. Y no escribí sobre ello. No porque no me importara —de hecho, es una de mis trending obsessions—, sino porque yo tenía la cabeza en otro sitio. O mejor dicho: en otra persona. La lela.
Pero aun así me desperté de madrugada para ver durante tres horas algo histórico. Tres horas. Quizá fueron 4. Voluntariamente. Yo. Que a esas horas no me despierto ni con truenos.
Y de repente ahí estaba, con varias pantallas viendo comentaristas americanos hablando con una intensidad desproporcionada y una nave espacial atravesando la atmósfera como si el ser humano no fuera una criatura que pierde las llaves cuatro veces por semana y aun así haya decidido explorar el universo. Fascinante.
Desde entonces mi algoritmo se ha convertido en el de un astronauta: NASA, órbitas, microgravedad, trajes espaciales, el lado oculto de la Luna, Nutella. Gente diciendo copy that con absoluta seriedad. Empecé dos libros sobre misiones espaciales casi sin darme cuenta, todo porque una amiga me habló del tema con verdadera emoción. Y hay algo muy peligroso en que alguien me hable con pasión de algo. Porque, de pronto, quiero entenderlo solo para poder habitar un poco más su mundo, para poder conversar a su mismo nivel. Me parece bastante fuerte la capacidad humana de enamorarse indirectamente de las cosas.
Total, que mientras yo estaba en plena crisis aeroespacial emocional, mi abuela se estaba muriendo. Es rarísimo escribir esa frase así, tan seca. Pero supongo que la muerte tiene eso: te obliga a dejar de adornar algunas cosas.
La tarde antes de que falleciera, ella ya estaba inconsciente en la cama. Y yo, que claramente no sé gestionar las emociones de forma estándar, me senté a su lado y empecé a leerle en voz alta mi libro de la NASA. Como si la lela necesitara urgentemente información sobre trayectorias orbitales y módulos de propulsión.
Ahora mismo me doy cuenta de que probablemente su habitación era el único lugar de la casa donde convivían: capítulos sobre la NASA, mil confidencias pequeñas y silencios llenos de cariño mientras la observaba.
Y creo que, en el fondo, hice con ella lo mismo que llevaba años haciendo cada vez que iba a verla: intentar hacerle partícipe de aquello que me emociona, como quien abre una ventana un rato. “Mira esto”, “escucha esto”, “te cuento esto otro”. Como si compartir lo que me hace ilusión pudiera también ensancharle un poco el día, distraerle el dolor o recordarle que la vida seguía teniendo cosas fascinantes incluso desde una cama.
Ahora que lo pienso, igual querer a alguien consiste bastante en eso: en acercarle tus pequeños universos para que no se sienta fuera del mundo. Y orbitarle de cerca.
Mi hermana, además, tuvo la gran idea de ponerle durante horas canciones infinitas de Rocío Jurado con sus AirPods Pro Max… muy de la NASA. Se podía hablar con Houston en vez de con Siri. Y no sé por qué, pero la imagen era profundamente tierna. Ahí estaba ella. Con esos cascos enormes. Inconsciente. Quietísima. De algún modo se estaba preparando para el viaje más grande de todos.
Hay algo en las misiones espaciales que me conmueve muchísimo: nadie despega solo. Detrás de cada astronauta hay miles de personas pendientes de una pantalla, sosteniendo la misión desde abajo. Y quizá morirse también se parece un poco a eso. Tú eres quien cruza la atmósfera, sí. Pero los demás nos quedamos aquí abajo mirando al Cielo, esperando que llegues bien.
Estos días he pensado mucho en la expresión copy that. Ese “recibido” constante que usan en la NASA para confirmar que el mensaje ha llegado. Y creo que el duelo tiene bastante de eso. Intentar desesperadamente que no se pierda la transmisión.
Copy that a sus maneras de querer.
Copy that a su manera de ser.
Copy that a su forma de unirnos a todos.
Porque me da miedo olvidar. Mucho. No a ella, que es imposible, sino sus cosas. Las pequeñas. Sus expresiones, sus miradas, su tono de voz, sus historias. Cómo conseguía hacerte sentir culpable por no repetir plato con un simple gesto o mirada.
Aunque también te digo: si algo he aprendido viendo Artemis II es que hay trayectorias que siguen existiendo aunque ya no puedas verlas. La nave desaparece. Pero continúa. Y quizá ahora la lela esté exactamente ahí. En alguna especie de lado oculto de la Luna. Invisible desde aquí. Pero todavía formando parte de todo esto. (Yo tengo fe, lo sabes. Todo esto son metáforas de lo que pienso seriamente estos días, condimentadas con muuucho algoritmo espacial).
Vuelvo a la idea de copy that. Llevo días pensando que quizá una amistad buena se parece bastante a eso. Simplemente a transmitirle al otro: “Te recibo.” Qué fuerte cuando alguien logra eso contigo. Hay personas que escuchan como si estuvieran esperando su turno para hablar. Y hay otras que escuchan como Houston: con atención de verdad. Y a veces la misma persona escucha con atención de verdad solo a quien quiere. Como si lo que acabas de decir importara al nivel de mensajes de la NASA:
“Hoy estoy agotada.”
“Copy that.”
“No sé qué me pasa últimamente.”
“Copy that.”
“Creo que estoy un poco out.”
“Copy that.”
Sin minimizar, ni competir y sin sacar inmediatamente una anécdota propia peor, como si estuvierais participando en las olimpiadas del sufrimiento.
Supongo que una amistad buena no siempre necesita arreglarte la vida. A veces solo necesita hacerte sentir que la señal ha llegado y que no estás hablando al vacío espacial ni a un agujero negro que estás cavando en tu mente. Así son las comunicaciones de la NASA, en medio de una oscuridad inmensa, llena de silencio y distancia, hay alguien al otro lado diciendo: “Te recibimos.”
Y quizá todos necesitamos un poco eso, amigos que no entren en pánico ni se escandalicen, que no desaparezcan cuando ven tu parte caótica, que se quedan y mantienen la conversación.
“Copy that.” Qué frase tan sencilla para algo tan difícil. Porque escuchar bien cuesta muchísimo. Lo sé y lo digo en propia causa. Requiere frenar el ego, sin convertir cada conversación en un monólogo alterno. A veces el mayor acto de cariño es no convertir inmediatamente la experiencia del otro en contenido, consejo o solución. Solo estar. Como esas voces de control en tierra acompañando una nave que sigue orbitando en mitad de la nada.
Y encima es que en ese “copy that”, no es sólo “te oigo”. También implica: “voy contigo”. Porque recibir el mensaje cambia tu manera de actuar. No escuchas igual a alguien después de entender de verdad lo que está viviendo.
Cuando alguien te dice: “esto me da miedo”, y tú haces copy that de verdad, ya no puedes tratar ese miedo como si fuera una tontería. Cuando alguien te dice: “necesito ayuda”, y haces copy that, te vuelves responsable de cuidar esa información.
La amistad tiene mucho de custodiar transmisiones delicadas.
Hoy he escuchado esta frase: “pasa la información a gravedad cero: sin peso de prejuicios”. Y claro, he conectado al instante. Por la gravedad, por los prejuicios. Por lo que sea. Luego me he quedo pensando en el efecto que tiene la microgravedad: las cosas dejan de caer donde normalmente caerían.
Quizá necesitamos más microgravedad mental, porque vivimos demasiado pegados al suelo de los prejuicios. Todo cae rapidísimo hacia conclusiones automáticas.
La Iglesia. La política. Trump. El Papa. El feminismo. TikTok. La generación Z. Tu trabajo. Todo. Vemos un titular y ya tenemos opinión. La gravedad de internet es fortísima. Todo cae enseguida hacia bandos, caricaturas, simplificaciones, “yo ya sabía que esto era así”. Cuando en realidad no tengo ni idea.
Y mira, quizá por eso me está gustando tanto el espacio. Porque ahí arriba las cosas flotan el tiempo suficiente como para poder mirarlas mejor. Hay una imagen de los astronautas que me parece muy cool: cuando orbitan la Tierra, muchas veces cuentan que las fronteras desaparecen. No porque mágicamente dejen de existir, sino porque desde arriba no se ven como desde abajo. Qué cantidad de cosas cambiarían si algunas conversaciones pudieran ponerse un rato en órbita.
Imagínate entrar en una habitación donde las opiniones no caen automáticamente hacia el mismo sitio. Donde las personas no estuvieran aplastadas por el peso previo de las etiquetas. Donde alguien pudiera decir algo sin que inmediatamente le metiéramos en una carpeta mental llamada: conservador, woke, básico, intenso, tradicional, ingenuo, rojo, facha, “seguro que escucha podcasts larguísimos”.
Microgravedad emocional, porque hay prejuicios que pesan muchísimo. Y además pesan antes de empezar. A veces conocemos a alguien y ya entra en nuestra cabeza con un subtítulo incorporado. Y luego resulta que no. O sí. Pero al menos podrías descubrirlo tú, no tu algoritmo mental antes que tú.
Creo que una de las cosas más revolucionarias hoy es mirar despacio. Escuchar despacio. No reaccionar automáticamente. No dejar que todo caiga siempre hacia el mismo sitio.
Quizá por eso conecto taaanto con el lema del viaje del Papa a España “Alzad la mirada”. Nunca lo había pensado en modo astronauta, pero tiene bastante sentido. La fe, muchas veces, no consiste en escapar de la Tierra, sino en verla desde otra perspectiva, para mirar con menos gravedad encima. Porque no todo lo que pesa es verdad, ni todo lo que flota es superficial. A veces las cosas más importantes necesitan espacio alrededor para poder entenderse. Como las personas. Como el amor. Como Dios. Como el duelo. Como perdonar a alguien. Como perdonarte a ti.
Se supone que tengo que dejarte varios bonus tracks. Y no he pensado mucho más en estos días que lo que te he compartido. Igual antes del 15 pensé algo… pero ya no lo recuerdo. Aunque siempre nos quedarán las playlists como pequeños bonus tracks mensuales.
¿Te he contado alguna vez el concepto “bonus track”?: esa canción escondida al final de un disco que no era obligatoria, que no formaba parte oficial del álbum, pero que el artista dejaba ahí como un regalo para quien se quedaba un poco más. En plan “si has llegado hasta aquí, toma esto también”. ¿No crees que la música funciona así en la vida? Hay canciones que no solucionan nada objetivamente —sigues teniendo el mismo trabajo, el mismo caos mental y la misma montaña de ropa sin doblar ni guardar en el armario— pero consiguen acompañarte de una forma random. Como si alguien hubiera traducido una emoción tuya antes que tú.
Así que aquí van 2 playlists y un himno que fijo te ayudan a orbitar mejor el mes:
Tanta NASA no me voy a ir ahora sin dejarte la playlist con la que despertaban cada día (o cada 16 órbitas 😏) a nuestros amigos astronautas. Enjoy it!
El viernes estuve en una graduación y tuve que pedirle a mi amiga que fuera a preguntarle al chaval-DJ qué estaba pinchando, porque me daba vergüenza acercarme yo sola. Me sentí literalmente como enviando a alguien al camello de la fiesta, pero en vez de droga, para conseguir un remix de pop covers que luego tú y yo escucharemos mientras trabajamos. Era ésta:
Y más emocionante aún, el himno de la visita del Papa a España. Porque la próxima vez que te escriba este huracán estará pasando por mi vida… y encima estaré volando a Canarias 😏:
Copy all that, please.


