Blood pact.
To the moon and back...
La verdad es que hoy no es el mejor momento para escribir. Y tampoco quiero decir que “tengo que hacerlo”. Tener, tener… no tengo que hacer nada. Pero confío en que escribir(te) un rato siempre me hace bien.
Mi abuela está peor esta semana. Da igual que sea Pascua y que nos felicitemos. Es la música que tengo de fondo últimamente. Eso quiere decir que estos días pienso más. En ella y en general. Y que quisiera tener todo el rato el don de la bilocación, pero eso es de algún modo la comunión de los santos. Así que bien.
Se supone que son días donde tendría que predominar la alegría fluida, pero como que no estamos en el mood. Durante mucho tiempo pensé que la alegría era una especie de estado premium al que accedías cuando todo iba bien: planes que salen, gente que responde, vida ordenada, piel perfecta (esto último claramente opcional pero aspiracional). Pero no. La alegría no se dispensa cuando todo encaja. Tiene más bien que ver con construirla justo cuando no todo encaja.
He descubierto que la alegría tiene bastante menos de espontánea y bastante más de entrenada. Como el core. Nadie presume de ello, pero sostiene todo.
Empieza, por ejemplo, en algo tan poco Marvel como decidir en qué te fijas. Porque la mente tiene un talento natural para detectar lo que falta, lo que molesta, lo que no ha salido. Es como esa amiga que siempre encuentra el fallo en el plan. Así que hay que llevarle la contraria con elegancia: “vale, todo eso está ahí… pero ¿qué ha sido salvable hoy?”.
Luego está ese pequeño deporte de alto riesgo que es bajarse de la autoexigencia. Ese murmullo constante de “deberías estar haciendo más”, “podrías haberlo hecho mejor”, “a ver si espabilas”. Qué pesados somos a veces con nosotros mismos. Cansa más que cualquier jornada laboral. Y lo peor es que desgasta. Cambiarlo por un “hoy esto es suficiente” no te convierte en mediocre, te convierte en alguien realista. Y desde ahí, curiosamente, haces más y mejor.
También he comprobado que la alegría tiene una puerta trasera: hacerlo bien cuando no te apetece. Hay algo en salir de uno mismo que recoloca todo. Como si alguien te dijera: “ah, por aquí era”.
Por supuesto, luego está el cuerpo. Ese gran olvidado hasta que protesta. Hay días en los que no estás triste: estás cansada, deshidratada o llevas tres horas de pantalla y cero de luz natural. Dormir mejor, moverte un poco, ver el sol (y ni te cuento el mar)…
La alegría necesita belleza, pequeños detalles que ensanchan el día. Una canción buena, un espacio medio ordenado y limpio, algo que te guste de verdad. Es como abrir una ventana por dentro.
Y luego está esa conversación constante con uno mismo. Ese tono interno que puede ser tu mejor aliado o tu peor jefe. No es lo mismo decir “soy un desastre” que “esto no me ha salido bien”. Parece matiz, pero cambia el clima por un simple verbo. Y la alegría, al final, es muy sensible al clima.
¿Sabes qué es muy liberador? Saber que no siempre vas a estar arriba. Hay días planos, días grises, días directamente olvidables. Y no pasa nada. La alegría no consiste en sentirte bien todo el tiempo, sino en no romperte cuando no lo estás. En seguir caminando sin dramatizar cada nube.
A mí no me sirven los grandes propósitos, sino pequeñas victorias. Soy más de batallas de Bailén que de Guerras Frías: prefiero victorias claras que tensiones interminables. La alegría crece más en el progreso que en la perfección.
Y sí, también importa la gente. Mucho. Hay personas que te expanden y otras que te encogen. No siempre puedes elegir todo, pero sí puedes cuidar cuánto tiempo pasas en cada lado. Se llama higiene emocional y para mí es como buscar la playa en Madriz.
Ten cierta cabezonería amable en esto de la alegría: no es fuegos artificiales, es más bien una luz constante.
Y nada que ver (como siempre), pero el 4 de marzo en gran parte del mundo (o de mi algoritmo en instagram) fue el día internacional del hermano. Yo tengo 4 y no lo celebré. Ya. Lo sé: no me pega nada. Pero he pensado sobre ello, que es otra de mis maneras tardías de celebrar lo importante de la vida.
Yo a Laura, Nuria, Ana y Jorge no los elegí. Me tocaron como la letra pequeña de una hipoteca: sin negociación previa. Son testigos incómodos de mi versión beta: saben cómo lloraba por chorradas, cómo era de insoportable en la adolescencia, cómo era antes de intentar parecer interesante.
Con ellos hay una confianza salvaje, casi biológica. No tienes que explicar demasiado. No hace falta traducirte. Puedes discutir a muerte por una tontería y, diez minutos después, estar viendo la tele con ellos como si nada.
Luego están los otros: los hermanos elegidos. Los que llegan sin ADN compartido pero con coincidencias improbables, conversaciones a deshora, silencios que no incomodan. No han vivido tu infancia, pero entienden tu presente de una forma que a veces ni yo misma consigo.
Con ellos todo es más deliberado. Nadie está obligado a quedarse, y sin embargo se quedan. Esa es la diferencia clave: no hay biología que te retenga, solo la libertad. Y eso le da a la relación un peso distinto, más consciente, más frágil y más valioso a la vez. Porque cada vez que siguen ahí, están diciendo: “te elijo, otra vez”.
Para mí, los hermanos de sangre son raíces, y estos son ramas. Crecen en direcciones inesperadas, te amplían. A veces incluso te entienden mejor en lo que estás llegando a ser, no solo en lo que has sido.
Cuando encuentro alguien que merece la pena, le digo que por qué no hacemos un pacto de sangre. Ya sé que suena épico: mente del siglo XX, corazón medieval. Si hubiera que hacerlo lo haría con alguien que haya demostrado tres cosas:
Primero: que sabe quedarse cuando no aportas nada. Cuando no eres brillante, ni divertida, ni especialmente fácil de querer.
Segundo: que te dice la verdad incluso cuando preferirías un aplauso.
Y tercero: que no compite contigo, sino que celebra tu vida como si fuera también un poco suya.
Ese tipo de hermandad es la que me gusta.



Recuerdo mi primer pacto de sangre (y quizá el único literalmente hablando). Teníamos 13 años y una idea bastante inflada de lo que significaba la amistad. Era verano, de esos en los que el tiempo no existe y todo parece más importante de lo que realmente es. Mi amiga y yo habíamos decidido —sin ningún tipo de supervisión adulta ni sentido común— que lo nuestro no era una amistad cualquiera. Nosotras éramos de las de “para siempre”, pero claro, decirlo en voz alta se nos quedaba corto. Así que alguien (probablemente yo, que siempre iba dos pasos por delante de su intensidad) propuso hacer un pacto de sangre. Porque aparentemente, con 13 años, hacerse un corte en el dedo parecía una idea razonable para demostrar el nivel de compromiso emocional que nos unía.
El escenario fue cuidadosamente elegido: mi jardín de la piscina, a las siete de la tarde, con un kit médico improvisado que consistía en una aguja de coser, una servilleta de papel y una botella de agua medio caliente. Nos miramos con una mezcla de valentía y terror, como si estuviéramos a punto de protagonizar el salto al vacío de Thelma & Louise… cuando en realidad éramos dos adolescentes temblando más de lo que queríamos admitir. Yo en cuanto vi la aguja me convertí en una señora de 80 años con pánico a entrar en el mar de golpe. Intenté disimular la tensión diciendo algo tipo “bah, esto no duele nada” mientras sujetaba el dedo con la delicadeza de quien está negociando con una bomba. Mi amiga, bastante más decidida, hizo un mini pinchazo digno y limpio… yo, sin embargo, necesité como tres intentos, una pausa para hidratarme, otra para replantearme la vida y una tercera para despedirme mentalmente de mis seres queridos. Cuando por fin conseguí sacar una microgota, la miré como si hubiera donado medio litro. Y aún así tuve la poca vergüenza de decir algo así como: “oye, igual mejor no profundizamos mucho, que tampoco hace falta exagerar el compromiso”. Repito: tenía 13 años.
El “corte” fue tan ridículo que apenas salió una gota, pero nosotras lo vivimos como si estuviéramos firmando un tratado internacional. Juntamos los dedos, dijimos algo solemne que no recuerdo (seguramente bastante neocursi) y sellamos el pacto con cara de “esto ya no tiene vuelta atrás”. Cinco minutos después, estábamos comiendo una bolsa de Risketos mezclados con nuestra sangre, como si nada, pero con la sensación de haber hecho algo grande.
A día de hoy juraría que sigo teniendo la cicatriz de aquel pacto, aunque es tan microscópica que probablemente sea más fe que evidencia científica. Pero me gusta pensar que está ahí, como un recordatorio silencioso de lo intensísima que fui… y de lo en serio que me tomo querer a alguien. Porque al final, esa marca habla de una versión de mí que no tiene miedo a decir “para siempre”, aunque luego la vida me enseñara que el “para siempre” a veces se escribe con lápiz.
Lo mejor —o lo más irónico— es que ese pacto no evitó que meses después nos enfadáramos por algo absolutamente irrelevante. Creo que fue por un comentario absurdo, o por quién se sentaba con quién en clase, ese tipo de dramas que a los 13 parecen traiciones de alto nivel. Y durante unos días, el pacto de sangre no sirvió de nada. No nos hablábamos. Ni siquiera lo mencionamos. Como si aquel momento “eterno” se hubiera quedado pequeño frente a un malentendido del recreo.
Años después, cuando ya teníamos 17 y la vida había empezado a ponerse más seria —y más torpe también—, pasó algo que no supimos sostener. No fue un enfado de recreo ni una tontería pasajera. Fue de esas decisiones que llegan demasiado pronto, cuando todavía no tienes las herramientas para entenderlas del todo, ni para acompañarlas bien. Y de repente, sin grandes discursos, sin pacto que lo impidiera, la amistad se rompió casi de golpe. Como si alguien hubiera bajado el interruptor.
A veces pienso en eso y me hace gracia —una gracia rara, de las que duelen un poco— que con 13 años creyéramos que una gota de sangre podía garantizar un “para siempre”. Y, sin embargo, hoy, tantos años después, hay algo de ella que sigue en mí. No sé si literalmente, pero sí de ese modo invisible en que las personas importantes se quedan. Y hay días en los que me pregunto si volveremos a encontrarnos en algún punto del camino. No para repetir lo que fuimos, sino para entendernos mejor.
Pero con el tiempo y otras historias de amistad por el camino, entendí algo. Aquel pacto fue solo una forma un poco exagerada de decir algo que aún no sabíamos expresar bien: “quiero que estés en mi vida”. Y eso, al final, no se firma con sangre. Se construye en los días normales, en los detalles pequeños, en elegir quedarse incluso cuando sería más fácil no hacerlo.
Y ya para acabar, aquí van los bonus tracks del mes:
Voy tarde, lo sé, pero es como volver a ver una peli que marcó tu adolescencia. Este podcast de Rene ZZ y Jaime Lorente.
Saco estos highlights, por si tienes taaaaantaaa pereza que al final no lo ves (sería hacer un reduccionismo, pero bueno):
No todo lo que funciona por fuera te sirve por dentro.
Hay vidas que, vistas desde fuera, parecen impecables… y desde dentro son un poco inhabitables. Me hizo pensar en cuántas veces perseguimos cosas porque “tocan”, sin preguntarnos si de verdad cabemos ahí.Hay pensamientos que no son para esconderlos debajo de la alfombra.
No todo lo que pasa por tu cabeza es bonito. Pero ignorarlo no lo hace desaparecer, quizá hasta lo vuelve más incómodo. Mírate sin filtros.Empezar de cero no es una idea, es una experiencia.
Abre ventanas después de días sin aire.Controlarlo todo es agotador y bastante inútil.
Hay un punto en el que querer sostener todo tú no es fortaleza, es desgaste. Y soltar ayuda. Estoy a punto de empezar a leer “The Let Them Theory”, del Mel Robbins. Te contaré.El dolor, bien llevado, no es tiempo perdido.
No hace falta romantizarlo, pero tampoco tirarlo a la basura. Hay cosas que solo se entienden pasando por ahí. “Era necesario” (te dejo el link a un comentario brutal).Salir de uno mismo ordena más de lo que parece.
Cuando todo gira en torno a ti, todo pesa más. En cuanto hay otros en el centro la vida se recoloca, más liviana.Amar se puede elegir.
Y eso, poco a poco, cambia más de lo que parece.El aplauso es un suelo muy inestable.
Construirte sobre lo que otros piensan de ti es vivir un poco en arenas movedizas. Porque eso cambia. Y tú no puedes cambiar con cada ola.Dios aparece más cuando no te bastas.
Zero que añadir.Todos necesitamos un sitio donde no actuar.
Un lugar, o una persona, donde no tengas que sostener ningún personaje. Donde puedas bajar la guardia sin explicación.
Esta mini reflexión de Emma Vallespinós en El País:
Siempre digo que quien me lee, me conoce. No me he guardado casi nada, ¿eh?



