Black Friday.
In a black Vito. We're still alive.
Y llegó noviembre: el mes de los santos, primero; de los difuntos, después. El mes también del #blackfriday.
Así que voy a empezar por aquí: por un viernes muy negro que sucedió hace exactamente tres días.
Nunca había tenido un accidente. Lo prometo. Y mira que me saqué el carnet a la 4ª. Cuarta, sí. O sea, oficialmente persistente. Y aún así, la gente se sube conmigo al coche como si yo fuera Carlos Sainz. Pero no: soy Pilu Sanz.
Que sí, conduzco muy bien… pero ni eso te salva, ¿eh?
El viernes pasado llovía en Madrid.
Íbamos cuatro en la Vito. Y de repente, la curva. Aquaplaning. La furgo deja de obedecer, el volante se vuelve inútil y pierdo el control absoluto. Y aquí es donde te das cuenta de algo que no viene en los exámenes de conducir: puedes hacerlo todo bien y aun así, no controlar nada.
Golpe directo contra el quitamiedos. Faro derecho hecho polvo. Furgo atravesada en el carril. Corazón en la garganta. Silencio de los que pesan. Cuatro respiraciones buscando confirmación: “¿Estáis bien?” / “ESTAMOS BIEN 🥵”. Alivio solo momentáneo. Acto reflejo: giro la llave. La furgo arranca, doy marcha atrás. Seguimos. Como si nada hubiera pasado. Pero algo sí había pasado: nos habíamos equivocado antes, un desvío tonto, una salida que no era. Una dijo: “Es que esto tenía que pasar así. Punto.” Y me vino a la cabeza esos libros infantiles de elige tu propia aventura. Ese viernes elegimos la página… ¿equivocada?
A veces la vida es eso: te equivocas con el GPS y sin saberlo, entras en el capítulo que te cambia.
Esa noche me acosté con el corazón todavía un poco acelerado y pensando que hay vínculos que no se forjan por conversación. Se forjan en el miedo compartido.
Esto podría no haber acabado en anécdota. Soy consciente. Pero no fue así. Lo que pasó fue que, durante unos segundos, se creó una micro-sociedad. Somos supervivientes. Y quería que el título del post estuviese dedicado a esas tres personas, las tres de la Black Vito. Gracias mil por estar en ese momento.
La noche de antes habíamos invitado a cenar a casa a Inazio, cantautor navarro a punto de estrenar los 25 años. En un mundo con tanto ruido su música aporta algo de silencio. Un tipo bastante auténtico. Un personaje también. Una cena con alguien que canta bien y se dedica a ello pues acaba en concierto privado en el salón de tu casa: todo un privilegio. Te cuenta sin tapujos sus aprendizajes en las relaciones que ha tenido, desde la familia, Dios, los amigos hasta las chicas. Y cómo sus letras van reflejando pinceladas de todo ello.
Sus canciones van de esas cosas que solo se dicen cuando se baja la guardia: querer con torpeza, buscar un norte, bailar aunque duela un poco. Es verdadero sin gritarlo. De esos artistas que cuando los escuchas piensas: vale, alguien más sintió esto antes que yo. Y por eso te acompaña.
Y entonces recordé que me había guardado en mi biblioteca de instagram esta imagen de @72kilos. Es una cartografía emocional que nos representa un poco a todos en distintas relaciones.
Me voy a atrever a describir estos lugares, ok?
Hogar Bonito. Ese lugar donde puedes llegar sin avisar. Donde cualquier comentario o pregunta significa en realidad: quédate. Es sentirnos en casa y punto.
Aeropuerto Siempre Abierto. Aquí somos gente que no encierra a nadie. Si necesitas irte, vete. Si necesitas volver, vuelve. Nada de chantajes emocionales. Nada de culpas. Perfectamente imperfecto: sabemos que la gente cambia y las vidas se mueven. Vuela y aterriza como puedas o cuando quieras aquí. La puerta (o la pista) está siempre abierta.
Montañas de las Conversaciones. Horas hablando. A veces como si el mundo se fuera a acabar mañana, a veces como si no pasara nada. Conversaciones que suben, bajan, se pierden, se encuentran. Silencios cómodos. Y a veces también incómodos. Llegar a la cima es siempre lo mismo: entendernos un poco más.
Camino de las Dudas. Aquí aparecemos cuando no sabemos quiénes somos, qué queremos, porque la vida a veces parece un sudoku sin instrucciones, macho. Caminamos más lento y muchas veces sin hablar. Y no pasa nada. Repito: no pasa nada. No hace falta tener claro el destino: basta con no caminar solos.
Playa de los Planes. Todo lo que vamos a hacer… algún día. Ese viaje que nunca cuadró. Esa peli eterna pendiente. Temazos y chorradas que aún nos quedan por hablar. Esos planes para mí son como toallas extendidas al sol: están ahí, esperándote, pero de momento estás disfrutando del baño en el mar, de las palas o del chiringuito. Ya habrá momento para tumbarse. Son promesas ligeras, sin presión, pero con muchas ganas.
Océano del Futuro. Ese lugar al que miramos cuando decimos “a ver dónde estamos dentro de un año”. No sabemos nada. Pero tenemos una barca, unos remos y sentido del humor (importante por si llega la tormenta). Fe en lo que aún no existe, pero sabes que llegará.
Bosque de las Broncas. Sí, también hemos pasado por aquí. Allí donde las palabras se enredan más de la cuenta y la imaginación en solitario hace que cueste ver la salida. Pero lo mejor es que siempre regresamos a través de reconciliaciones. Porque la amistad no se rompe por discutir; se rompe por no querer volver a buscarse.
Jardín del Beso. Esto no es literal, puede ser del abrazo, de la mirada también. Es ese momento en que sin decirlo, miras a la otra persona y nos entendemos. No hace falta explicarlo todo. El cariño se nota. La delicadeza también.
Calma Diaria. Ese punto en el mapa al que volvemos sin hacer ruido. Mandar un reel por la mañana, un sticker a mitad de tarde. Un “¿has llegado bien?”. Un audio que termina con “no sé por qué te estoy contando esto…” (pero te lo estoy contando). La estabilidad que no hace ruido, pero sostiene.
Parque de los Amigos. Aquí se mezcla tu gente con mi gente. La amistad que se expande es una señal de que estaba hecha para crecer.
Faro de los Padres. Ese punto de referencia que nos recuerda de dónde venimos. Las raíces, las heridas, lo heredado, para entender por qué somos como somos. Es alucinante conocer a las familias de los amigos. Les quieres mejor sabiendo su historia.
Se supone que a finales de octubre viajaría a Canarias, como siempre desde hace seis años. Pero decidí cambiar mis planes por motivos personales. Y tan contenta, oye. Esos días tuve tiempo para muchas cosas, con calma, pero un antes y un después ha sido conocer a Pier Giorgio Frasatti, un joven santo italiano muy normal. Si él tuviera eslogan sería esta frase que me persigue desde hace tiempo: verso l’alto. Hacia lo alto.
No es “sé mejor”, ni “logra más cosas”. Es una especie de tirón interior que me dice: Alguien te llama desde lo alto. Una cumbre donde tu corazón respira mejor allí arriba. Porque arriba siempre hace más sol. Dicen los que frecuentan la montaña que las mejores vistas siempre aparecen después del tramo en el que pensaste que no podías. Será verdad.
Y desde entonces, no sé, pienso que quizá hoy verso l’alto sea algo muy pequeño. Contestar un mensaje que he estado evitando. Pedir perdón primero. Apostar por esa amistad que merece la pena aunque no sea fácil. O solo estar… que a veces es lo más difícil.
Días antes pude estar en la boda de una amiga de hace tiempo. Te diré que he estado en más bodas en las películas que en la vida real. Quizá por eso, cada vez que asisto a una, todavía me sorprende. Ser testigo de excepción del vértigo de entregar la vida. Una decisión que se dice con voz firme: te elijo. No solo hoy. Todos los días que vengan. Todos. Qué adultez. Qué altura.
La grandeza está en lo ordinario. En el día a día. En el poner al otro primero. En decir “me quedo” cuando sería más fácil salir corriendo. Amar así vale la vida entera.
Ya estoy pasando de un tema a otro, a veces esta NL es un poco caos, lo sé. Perdón, eh? Pero así va mi cabeza si no le pongo estantes. Estaba pensando ahora que si te hablo de Rosalía. Pero ya hay mil cosas dichas y escritas. Y supongo que habrás escuchado el disco. Así que paso.
Prefiero contarte otra cosa. Que La Oreja de Van Gogh ha vuelto. Bueno, la que ha vuelto es Amaia. Yo no sé en qué época te pilló a ti el boom de la Oreja. A mí en la adolescencia, en la ESO. Pero como no había Spotify no les seguí desde el principio. Quiero decir, que para seguir a un grupo hace años, tenías que estar escuchando Los 40 Principales continuamente. Y yo escuchaba más mi selección musical (las playlist de entonces) que lo que me recomendaba una emisora. Iba personalmente (o sea que “me personaba”) a la planta de música de El Corte Inglés de Goya a buscar lo que quería. O la Fnac de Callao. O cuando tenía menos presupuesto, al top manta del metro. Sí, yo también he contribuido a la corrupción de este país.
El caso es que sé que en 1998 (cuando lanzaron su primer álbum: Dile al sol) yo no era fan de la Oreja, porque estando en un viaje del colegio en Semana Santa en Sevilla, en una especie de gymkana, a mi mejor amiga y a mí nos tocó subir al escenario a cantar la canción de “El 28”, y yo, subiendo las escaleras, recuerdo que le dije: “Tía y yo qué sé cuál es la canción nº28 de éstos”. Recuerdo que N. se dio la vuelta hacia mí y traduje literalmente su mirada como un “socorro, por favor, que alguien se lleve a Pilu de aquí ahora mismo”. Pero subimos las dos, y fue mi primer playback delante de toda la selección de alumnos de varios colegios de las Irlandesas.
Pero que te estoy contando esto por otra cosa. En el verano del 2001 , conecté de verdad con el segundo disco: El viaje de Copperpot. El título está inspirado en la película Los Goonies (1985) en donde se nombra a un cazador de tesoros llamado Chester Copperpot (#dato). Y “La playa” fue la canción que más reproducciones tuvo en mi cabeza ese verano. Desde entonces escucho La Oreja con respeto. Y me ha acompañado en momentos clave, como cuando me subí hace 14 años al avión que trasladó mi vida a Canarias y sonó antes de despegar “Puedes contar conmigo”. Cada vez que la vuelvo a escuchar me traslado a esa espera en ese avión.
Todavía no he llegado a lo que de verdad quiero contarte y ya voy por el cuarto párrafo (pero recuerda que soy de “cuartas veces”, así que allá vamos): que he empezado a leerme el libro de Pablo Benegas, el único integrante de La Oreja original que se ha quedado fuera… de momento. Cuenta su vida en un País Vasco donde ETA era una realidad diaria y cómo empezó el grupo. Me encanta demasiado cuando se entrelazan dos historias de interés nacional. Y tan distintas aparentemente. Como cuando descubrí que Tetris estaba taaan relacionado con la caída del muro de Berlín. Tú disfrutas de algo que ha creado gente en y desde el sufrimiento. Bueno, esto es muy reduccionista, pero apelo a tu inteligencia para captar la esencia de lo quiero transmitir.
¿Te recomiendo el libro? Desde luego. Es un libro de autor, nunca mejor dicho. Está escrito con una sensibilidad especial. Bucea en recuerdos de dos décadas oscuras para contar una historia que ilumina la amistad. Y eso interpela mucho, pero que mucho.
Entonces, para terminar esta NL, te hago 3 recomendaciones a modo de bonus tracks que ya vienen siendo habituales.
Un libro: “Memoria”, de Pablo Benegas.
Un cantautor: Inazio.
Un video tendencia: Contenidos, atención y jóvenes - Una charla con Toni Segarra.




